lunes, 18 de junio de 2012

Agur Jaunak



Se prometió a sí misma que no iba a llorar. Antes de llegar se dijo que nada iba a cambiar, que todo seguiría como siempre. Que no había necesidad de dramatizar. Se quedó allí, de pie, controlando cada movimiento, intentando no escuchar, no interiorizar las palabras que llegaban a sus oídos.  Controlaba cada músculo de su cuerpo, intentando que su postura no se desviase ni un milímetro. Le sudaban las manos. Las tenía entumecidas por no cambiar de postura, cogidas la una a la otra en su regazo.

Pero entonces llegó la música, y se dio cuenta de que le costaba tragar. Notó un cosquilleo en los ojos, y una oleada de calor en las mejillas. Agur jaunak, jaunak agur.  No puedo evitar mirar por el rabillo del ojo a aquel chico al que había visto crecer. Y entonces los recuerdos empezaron a aparecer en su mente, uno detrás de otro, como en una película. Se acordó de aquel niño que, con una lógica aplastante, llamaba “arreglamientas” a las herramientas, porque servían para arreglar lo que estaba roto. Se acordó del niño que decía que quería ser camillero de la Cruz Roja y llevaba orgulloso un brazalete de papel con una cruz roja pintada a rotulador. Le vino a la cabeza el parche que le tuvo que poner en un ojo cuando era aún muy niño, y cómo lo decoraron con una calavera para que se sintiese disfrazado de pirata y no avergonzado. Le vinieron a la mente esas deliciosas cenas familiares en la cocina, la maravillosa rutina, que un día desaparecieron para no volver más. Se acordó de la mala uva con la que se levantaba los fines de semana, cuando aparecía en la cocina con los pelos revueltos para ponerse un café con leche. Rememoró los nervios de los exámenes, las expectativas ante las notas, los buenos resultados, las noches en vela. Revivió aquel momento en que anunció que se iba de casar. Y ahora le veía dar un paso más hacia una vida propia, independiente, con una nueva familia; la que iniciaba en ese preciso instante. 

Agur Jaunak
Jaunak agur,
agur t'erdi

Se dio cuenta entonces de que decía adiós a una etapa. Y no pudo contener las lágrimas, que empezaron a rodar por sus mejillas. Y pensó en lo lejano que este momento le había parecido hasta ahora. Pensó que día a día se van formulando los cambios en las vidas de las personas, y no se había querido dar cuenta. Nunca, hasta entonces.

Agur Jaunak,
agur,
agur t'erdi,
hemen gera,
Agur Jaunak.

Y entonces vio claro, escuchando esta maravillosa música, que agur es una despedida, y también es un saludo. Se dio cuenta de que el final de una etapa es el principio de otra. Temía lo desconocido, lo que está por venir. Le daba miedo, como a todos, cerrar etapas, dar pasos hacia adelante, cambiar de rumbo.  ¿Y si se equivocaba? ¿Y si la añoranza del pasado le conducía a la locura? Era ley de vida. O, al menos, eso dicen. Evolucionar, cerrar etapas, cumplir años, dar pasos, tomar decisiones.

En aquel altar, al lado de su hijo, frente a todas aquellas personas, dos familias daban comienzo a la formación de una nueva. Hacía treinta y seis años ella había sido aquella muchacha que se unía en matrimonio con la ilusión y los nervios que ahora se leían en los ojos de su recién oficializada nuera. Nunca antes se sintió tan sola ante tanta gente. Nunca antes se sintió tan feliz y deseo con tanta fuerza que se repitiera la historia de su vida: una vida feliz en compañía del amor de su vida. Comprendió que se cerraba un ciclo, y deseó  que aquel fuese el principio de una gran historia. Tan pequeña, tan grande, como la suya propia. Miró al primer banco de la capilla, y vio allí a su marido, al amor de su vida. Al que había sido su timón, su rumbo, su objetivo, su esperanza. Vio a su hermana, a su madre, a su hija. Sintió entonces que sabía cuál era el motor del mundo. Se descubrió pensando que el amor es lo que había movida allí a todas esas personas. Y pidió a Dios, con todas sus fuerzas, que ese Amor durase toda la vida y que, dentro de otros treinta años, fuese Ángela, la que hoy estaba vestida de blanco, quien casase, con lágrimas en los ojos, al fruto del amor que aquel día se consagraba.

A Ángela y Gorka. Os deseo una vida llena de amor.

4 comentarios:

VACÍA LA NEVERA Rubén Morales dijo...

Que precioso y muy romántico, parece que yo mismo estuve allí, no podía estar mejor contado. Creo que hay muchos sentimientos comunes que se viven en este tipo de uniones. Enhorabuena por el artículo y por la reciente unión.
Un abrazo

Pαυŀα dijo...

Realmente precioso :`) Haces que cada vez que leo tu blog se me salte alguna lagrimilla.

...nai... dijo...

Muchas gracias a los dos :) La verdad es que fue muy emocionante, y tenía que compartirlo por aquí. Muchos Besos!!

Pilar dijo...

Es todo muy emotivo. Me he llevado una gran llorera.